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Final Mundial Inglaterra 1966: gol fantasma

Corría el minuto 101 de tiempo corrido. Inglaterra había presionado con más fuerza en busca del gol que rompiera con la paridad en el marcador. En una de esas llegadas por la banda izquierda alemana, Alan Ball centró al corazón del área para Geoff Hurst, quien controló el balón con la pierna derecha, dio media vuelta y disparó con potencia con la misma pierna. El balón impactó en el travesaño, rebotó en la línea de gol y fue después rechazado por la defensa. Parecía que el árbitro central de origen suizo, Gottfried Dienst, marcaría tiro de esquina, pero después de mirar a su juez de línea, el soviético Tofiq Bahramov, marcó el gol para los ingleses, para el júbilo de los casi 97,000 espectadores en el estadio. Sin embargo, parece que la circunferencia del balón nunca cruzó por completo la línea de gol, por lo que no debió contar. Es por eso que este gol es conocido como el gol fantasma, el cual terminó por inclinar la balanza a favor de los ingleses.

El 30 de julio de 1966, ingleses y alemanes saltaron al campo para disputar un partido en el que había una carga histórica significativa. Apenas habían pasado 19 años de la Segunda Guerra Mundial y los ingleses habían superado en la votación a los alemanes para la organización de la Copa del Mundo. Incluso, en los momentos previos a la final, en el marcador del estadio, se exhibió el 34-27 final con el que Inglaterra obtuvo el derecho a ser el país sede del Mundial.

Los ingleses habían basado su éxito en su orden defensivo, comandado por el central Bobby Moore, y en la generación y genialidad de un “diez” clásico, como lo era Bobby Charlton. Dos gentlemen y pilares de la escuadra de la rosa. Por su parte, Alemania tenía a Franz Beckenbauer, un rocoso pero elegante jugador, considerado el primer líbero de la historia, como su sostén en defensa y en el ataque, y a Helmut Haller como el goleador. El seleccionador alemán, Helmut Schön, consciente de la peligrosidad de Charlton, asignó al Káiser para que le hiciera un marcaje personal. Su mejor hombre contra el mejor de los ingleses.

Wembley el día del a final

Todo estaba listo y el escenario era el ideal para disputar una final: Wembley, la catedral del fútbol, como sería bautizada por Pelé. Los ingleses ganaron el volado, pero los alemanes dominaron las acciones iniciales del encuentro. Al minuto 12, un centro de Siegfried Held fue despejado defectuosamente por Ray Wilson. El balón le quedó a Helmut Haller, que disparó para vencer a Gordon Banks. 0-1 para Alemania.

Pero los ingleses, que jugaban sin extremos, se repusieron rápidamente. Y no fue a partir de Charlton, que era incapaz de sacudirse a Beckenbauer, sino de Moore. Tras sufrir una falta, el capitán inglés, Bobby Moore, se apresuró a cobrar. Su centro fue preciso y medido para la cabeza de Geoff Hurst, quien se elevó entre los centrales alemanes para poner las tablas en el marcador. La paridad no sólo era la del marcador, también lo era en la cancha. Charlton y Beckenbauer se anularon mutuamente, pero el partido era entre dos pesos pesados y ambas selecciones se enfrascaron en un ritmo frenético, en el que tanto Banks como Tilowski, el portero alemán, se vieron exigidos.

El segundo tiempo siguió con el mismo ritmo de juego, con la diferencia que las defensas comenzaron a dar muestras de cansancio, por lo que los espacios comenzaron a aparecer con mayor frecuencia. Los alemanes parecían tener subyugados a los ingleses, pero, a doce minutos del final, los ingleses capitalizaron. Alan Ball, de gran partido, cobró un tiro de esquina fue apenas despejado por la defensa. El balón le quedó a Hurst, pero su disparo fue repelido por Horst Hoettges. Sin dejar caer que la pelota cayera a tierra, Mark Peters, el medio por izquierda, aprovechó el rebote para hacer el segundo para los ingleses.

El tiempo se agotaba y parecía que el gol de Peters sería el que sellaría el triunfo. Tras desperdiciar una contra de tres contra uno que hubiera terminado de sellar el triunfo, para Inglaterra, Jackie Charlton cometió una falta a treinta metros de su área. El disparo de Lothar Emmerich, el extremo por la izquierda, fue rechazado y tras una serie de rebotes, le quedó a Wolfgang Weber, quien se lanzó con toda la determinación para empujar el balón a las redes, haciendo estéril la estirada de Banks. Era el minuto 89 y, por primera vez en la historia de los Mundiales, el campeón se definió en tiempos extras.

En la charla previa al inicio de los tiempos extra, Alf Ramsey dijo a sus jugadores: “Ganaron la final una vez, ahora tienen que salir y volverla a ganar.” Esta arenga hizo que sus pupilos salieran con ánimos y energías renovadas a encarar los 30 minutos. Charlton se asomó para estrellar un disparo en el poste, pero fue Alan Ball quien inspiró a los suyos. De sus pies surgió el gol fantasma de Geoff Hurst. La polémica que rodeó a ese gol nos persigue hasta hoy en día. Los alemanes protestaron airadamente, pero como dijo Uwe Seeler para que sus compañeros dejaran de reconvenir al árbitro: la decisión ya se había tomado y el gol subió al marcador.

En el segundo tiempo extra, los alemanes se lanzaron en busca del empate, sacando fuerzas a pesar del agotamiento cada vez más notorio. Sin embargo, los ingleses controlaron las acciones y controlaban el ritmo y las emociones. A un minuto del final, los centrales alemanes eran dos delanteros más. Eso lo aprovechó Bobby Moore y encontró a Geoff Hurst libre. El delantero del West Ham anotaría el gol que, ahora sí, selló el triunfo inglés y el tercero para su causa. Nunca otro jugador ha anotado más goles en una sola final de una Copa del Mundo que Geoff Hurst.

Tras el silbatazo final, todo fue algarabía y fiesta para los locales. Helmut Schön les dijo a sus jugadores que deberían estar orgullosos porque “un buen segundo puesto es mejor que un mal primero,” haciendo clara referencia al tercer gol inglés. Alemania Occidental se marchó derrotada y dolida. El diario Bild puso de titular al día siguiente: “Perdimos 2-2.”

Bobby Moore recibió el Trofeo Jules Rimet de manos de la Reina Isabel II y, durante la celebración con sus compañeros, nos llegaría una de las imágenes más icónicas de ese Mundial: Bobby Moore sosteniendo el trofeo por todo lo alto, mientras es alzado en hombros por Hurst, Wilson y Peters. Fue tal el impacto de ese momento que en 2003 se desveló una estatua representando la escena, en el entonces estadio del West Hamn, Boleyn Ground. Se colocó ahí porque tanto Moore como Hurst jugaron y fueron leyendas de los hammers y de la selección.

Así, un torneo cargado de polémicas llegó a su fin. También podríamos decir que este Mundial fue un paso más hacia el fútbol moderno. La época romántica estaba llegando a su fin, para dar paso a un deporte que abría sus puertas a una evolución cada vez más táctica, con una mayor profesionalización, mayor presencia de sponsors y un fenómeno que cada vez era más globalizado. En el reencuentro del fútbol con su origen, éste dio un paso hacia el futuro.

 

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Silverlune24

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Historiadora de profesión. Geek, nerd, friki, noña, etc., por convicción. Apasionada de los deportes, historia, cine, cultura, anime, manga, videojuegos y caricaturas. Old school all the way.

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