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Final Mundial de 1962: … la magia de Garrincha.

Manuel Francisco dos Santos, mejor conocido como Garrincha, se acercó a Aymoré Moreira, el entrenador de la selección brasileña y le preguntó: “Profe, ¿cuándo es la final?” “Hoy,” contestó, Moreira. Era el 17 de junio de 1962 y todo estaba listo para la final de la Copa del Mundo de Chile. “Ah, con razón hay tanta gente…”, comentó el extremo brasileño. Así era Garrincha. Lo único que él conocía y entendía era que tenía que hacer de las suyas por la banda derecha. Su sabiduría era con una pelota en los pies. Y es que cuando faltó Pelé, estuvo Garrincha para cargarse el equipo al hombro y guiar a Brasil al bicampeonato.

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La gran estrella de Brasil, Pelé, había quedado fuera del torneo por una lesión sufrida en el segundo partido de la fase de grupos ante Checoslovaquia, el rival en la final. Por más que O Rei quisiera forzar para jugar, los doctores le recomendaron que siguiera el tratamiento para no arriesgar su carrera y su futuro. Así que Brasil, una escuadra madura, compensó la falta de su mejor jugador con la calidad de los otros jugadores. De las piernas torcidas de Garrincha surgía la confianza para repetir como campeones mundiales.

Los checoslovacos no eran un rival sencillo. No habían partido con la etiqueta de favoritos, pero gracias a su orden defensivo y la calidad del mediocampista Josef Masopust y la puntería del delantero Adolf Scherer, habían avanzado con paso firme hasta la final. Fueron el único equipo al que Brasil no le hizo gol en el torneo y estaban confiados en poder dar la sorpresa.

Josef Masopust

Y empezaron poniéndose arriba en el marcador. Su juego defensivo, sin adornos, pero efectivo, golpeó primero. A los quince minutos, Masoput recibió un pase en profundidad de Popuschal y, con su enorme calidad, venció a Gilmar, el portero brasileño, por abajo. Deja vú a la final de Suecia 1958. Otra vez Brasil empezaba perdiendo. Pero, como en 1958, Brasil respondería con contundencia.

Apenas habían trascurrido dos minutos del gol de Masopust,  cuando Amarildo, el sustituto de Pelé desde su lesión recibió el balón en la posición de extremo izquierdo. El delantero se deshizo del centrocampista Kvasnak y el lateral Tichy y se plantó ante el arquero Schrojf, quien, en su intención de tapar el pase de la muerte, dejó un hueco para que el delantero, casi sin ángulo, disparase para empatar el marcador.

Brasil siguió jugando como mejor sabía: al ataque. Garrincha lograba deshacerse de los tres marcadores que le habían asignado – el lateral izquierdo Novak, el mediocentro Masopust y el extremo Jelinek-, para centrar una y otra vez. Sin embargo, sus embates eran bien contenidos por la ordenada marca de los checoslovacos. En los últimos diez minutos del primer tiempo mejoró el juego de los centroeuropeos, que a partir del minuto 35, se plantaron en campo brasileño y contaron con varias ocasiones de gol, pero tampoco pudieron romper el empate y la primera mitad terminó empatada.

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Para el segundo tiempo, se sumó un cuarto elemento para defender las subidas de Garrincha. Esto, lo que ocasionó, fue que la vía de entrada de los brasileños estuviera por el costado izquierdo, con Zagallo. Brasil no cesaba en sus intentos de ataque, y, de tanto presionar, a los 24 minutos del segundo tiempo, a Seleção consiguió ponerse en ventaja. El tanto no fue obra ni de Garrincha ni de Vavá sino de Zito, el contención. Amarildo, de gran partido, llegó a línea de fondo por la banda izquierda y puso un centro preciso para que Zito, sin marca gracias a que Vavá arrastró la marca, cabeceara a placer para hacer el segundo de los brasileños.

Los checoslovacos no se rindieron y buscaron empatar. Generaron peligro y reclamaron al árbitro un par de jugadas dudosas que no fueron señaladas. Fútbol y polémica siempre de la mano.

La necesidad de los checoslovacos para ir por el empate hizo que el juego subiera el nivel futbolístico. Pero, justo cuando ambos equipos juegan mejor, fue un error el que terminó por decantar la final a favor de los brasileños. Al minuto 78, Garrincha realizó un saque de banda hacia Djalma Santos, que centró al corazón del área. Un balón que no llevaba mayor peligro ni era venenoso. Sin embargo, Viliam Schrojf, el portero checoslovaco, quizás cegado por el sol, midió mal el balón que se escurrió entre sus manos. Vavá, más rápido que los defensas, aprovechó para enviar el balón al fondo. El gol de la tranquilidad. El gol del triunfo. El gol del bicampeonato.

Checoslovaquia no se pudo, ni tuvo tiempo, de reponerse. El gol, por la manera en que cayó, anuló por completo la posibilidad de remontar. Brasil sin forzarse, impuso el ritmo que les convenía para dejar que el tiempo se agotara. Simplemente controlaban la pelota para no dar más opciones a unos rivales aguerridos, pero que terminaron sucumbiendo a la gran superioridad técnica y táctica de los amazónicos. El arte venció a la rigidez.

Apenas pitó el árbitro, Pelé, que estaba en el estadio como un torcedor más, bajó de las gradas para ser de los primeros en ingresar en el campo de juego y abrazar a sus compañeros, sobre todo, a Amarildo, quien fue un digno sustituto y con Garrincha, cuyo torneo sigue siendo una de las mejores actuaciones individuales en la historia de los Mundiales. Mauro Ramos, el central y capitán, recibió el trofeo Jules Rimet de manos del presidente de la FIFA, Stanley Rous. Así, Brasil puso otro pilar más para sostener su creciente leyenda como el scratch du oro.

Mientras celebraba en la cancha, a Garrincha se le acercó un periodista: “Por favor, dos palabras para este micrófono”. “¿Dos palabras? Adiós, micrófono”.  Así era el artífice de este título: balón, fútbol, regates y nada más.

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Historiadora de profesión. Geek, nerd, friki, noña, etc., por convicción. Apasionada de los deportes, historia, cine, cultura, anime, manga, videojuegos y caricaturas. Old school all the way.

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