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Quini: El brujo de la sonrisa eterna

Probablemente para algunos el apodo de Quini no les haya dicho nada hasta el día 27 de febrero de 2018, cuando se anunció que el ex delantero español había fallecido a los 68 años debido a un infarto. No sólo fue un símbolo del Sporting de Gigón y doble pichichí con el Barcelona. No sólo fue un excelente goleador. No, Enrique Castro “Quini”, fue más que un gran jugador de fútbol. Fue una persona inmensa, a quien la vida golpeó, pero a la que él siempre le sonrió.

Enrique Castro, nacido el 23 de septiembre de 1949 en Oviedo, heredó el apodo de Quini de su padre, con quien compartía el nombre. Su progenitor había sido portero y tanto Quini hijo, como sus dos hermanos, Jesús y Rafael, aspiraban a ser portero. Sin embargo, no era lo suficientemente alto para ser portero, así que cuando jugaba, lo hacía arriba, como delantero.

Pero, con 17 años, Quini consideraba la opción de dedicarse a ser soldador, mientras compaginaba sus estudios con la práctica de fútbol. Con el Ensidesa, Quni empezó a mostrar sus dotes como rematador. Fue tras un partido contra el filial del Sporting de Gijón cuando llamó la atención de los ojeadores sportinguistas. Ese día, Quini hizo cuatro goles. El Sporting, urgido de gol, no dudó en fichar al joven delantero, el cuál se había dado el lujo de rechazar una oferta del rival clásico, el Oviedo.

El 9 de noviembre de 1968, Quini debutó con el Sporting y sería el inicio de una etapa en la que el club contó con estabilidad. El asturiano hizo historia con junto a su hermano Jesús (portero), Cundi, Mesa, Uría, Ciriaco, Joaquín, Megido, Enzo Ferrero, y con el que fue subcampeón de Liga en 1979. Era un jugador veloz, con zancada y buen manejo de la pelota. Pero, sobre todo, tenía un juego aéreo destacado. Era capaz de suspenderse en el aire el tiempo suficiente para rematar con la cabeza. Llegaba como impulsado por un proyectil para hacer contacto con la pelota, sin tener miedo al choque.

Y fue justamente buscando un cabezazo cuando tuvo que soportar una de las tantas pruebas de vida a la que estaría sometido. Vistiendo los colores de la selección española, en 1972 durante un partido en Inglaterra, ante Irlanda del Norte, un encontronazo con el codo de George Best le ocasionó una fractura en el pómulo. Tuvo que ser sometido a una operación muy delicada para reparar el daño y se perdió casi por completo la temporada de 1972/73.

Consiguió dos trofeos pichichi en segunda división y tres más en primera con el Sporting. Era el factor “Quini” que permitió al Sporting vivir sus mejores temporadas y convertirse en ídolo de El Molinón. “Ahora, ahora, ahora Quini ahora”, gritaban los sportinguistas. Pero era su actitud fuera del terreno lo que lo encumbraron como un consentido de la afición del fútbol español. Como decían en Asturias por aquellos años: “Quini es el único que no se da cuenta de quién es Quini”. Tal era su humildad y su sencillez que se volvió en un personaje tan querido para los futboleros.

Cruyff y Quini

Sus goles le valieron, ya con 31 años, ser fichado por el Barcelona. De 1981 a 1984, defendió los colores blaugranas, consiguiendo ganar dos veces más el trofeo de pichichi. Esto lo convirtió en un ídolo nacional, sin embargo, lo que pasó el 1 de marzo de 1981, en una de esas duras pruebas a lo que lo sometió la vida, fue lo que terminó en un personaje entrañable.

Tras anotar un triplete ante el Hércules en el Camp Nou, Quini pasó por su casa para después ir hacia el aeropuerto a recoger a su esposa e hijos, que regresaban de Asturias. Sin embargo, nunca llegó a El Prat, ya que cuando abría las puertas de su carro, a punta de pistola, dos sujetos, Eduardo y Fernando, lo encapucharon y lo subieron a otro carro, que después cambiarían por una furgoneta. Un secuestro de un personaje tan querido cuando España aún estaba conmocionada por el intento de golpe de estado fallido. ¿Habría sido ETA? ¿GRAPO? Los secuestradores dieron señales y exigieron un rescate de 100 millones de pesetas. No había un grupo terrorista detrás. Sólo hombres desesperados por obtener un ingreso.

Los compañeros de Quini en el Barcelona se rehusaban a jugar. Bernd Schuster, amigo íntimo de Quini, afirmó que “no jugaré, además de piernas tengo corazón, sólo quiero que vuelva Quini”. Posición similar era la de Allan Simonsen. Los jugadores no lograron que se suspendieran los partidos, y terminaron perdiendo dos partidos y empatando uno, perdiendo así el título de liga. No podían concentrarse en el fútbol.

Finalmente, el 25 de marzo, la policía ubica a los secuestradores, que habían exigido que el dinero se depositara en un banco suizo. Tras identificar el nombre del titular de la cuenta, éste fue capturado. Obtuvieron la confesión y finalmente liberaron a Quini de la prisión en la que se encontraba: un cuartucho de un taller mecánico en Zaragoza. Justo cuando se transmitía el partido entre España contra Inglaterra en Wembley obteniendo su primer triunfo en la Catedral del fútbol), se dio la noticia de su liberación.

Quini y el presidente del Barcelona, Núñez a su llegada a Barcelona tras su liberación.

Apareció en Barcelona con aspecto cansado, barbudo y ojos vidriosos. Miles de personas se congregaron para recibirlo y brindarle una sonora ovación. Apenas se sintió recuperado, quiso jugar el clásico contra el Real Madrid, pero aún no estaba en condiciones para disputar el partido. Su presencia, su personalidad y su manera de ser fue la que logró recuperar el ánimo de sus compañeros. A Schuster y a Simonsen les prometió que ganarían la Copa del Rey y que el anotaría por partida doble. Y así lo hizo. El 18 de junio, ante el Sporting de Gijón, Quini anotó dos los dos primeros goles de su equipo y así vencer 3 a 1. No por nada era conocido como “El Brujo”. Profetizaba y cumplía.

En cuanto a los secuestradores, se dijo que Quini sufrió del síndrome de Estocolmo porque el delantero asturiano fue muy bondadoso con ellos. Se rehusó a pedir indemnización y a presentar cargos. “Mis secuestradores son buenas personas que no me hicieron daño. Los perdono,” declaró. Su generosidad y su buen corazón lo certificaban como un hombre ejemplar, que se ganó a pulso de todo aquel que le prodigaba cariño.

Quini y Maradona

Quini dejó el Barcelona y terminó por retirarse en el Sporting, tras 448 encuentros y 219 goles, siendo, en ese momento, el cuarto máximo goleador en la historia de la liga española (ahora es el octavo). Quiso dedicarse a los negocios, pero demostró que no era algo que dominara como el hacer goles. Se vio en apuros económicos y estuvo al borde de perderlo todo. Entonces el Sporting le nombró su delegado. Viajaba con el equipo, y aunque ya no jugaba, seguía siendo una estrella. Una estrella a la que no le pesaba acarrear maletas en pleno aeropuerto o fungir como figura paterna para los chicos de las categorías inferiores. No por nada su fama de ser mejor persona que futbolista.

Quini como delegado del Sporting.

Pero, la vida le deparaba todavía más cumbres escarpadas que superar. En 1993, su hermano Jesús murió ahogado en una playa de Cantabria tras haber salvado la vida de un hombre y de dos niños ingleses que estaban siendo devorados por las olas. Castro, como se le conocía a Jesús, tenía apenas 42 años. Quini trató de consolarse al pensar que la muerte de su hermano había salvado a dos niños, pero el golpe fue duro, terrible.

Quini siguió con sus labores como delegado del Sporting, cuando, en 2008, el cáncer apareció en su garganta. Un cáncer agresivo, que requirió de dos operaciones, de sesiones de radio y quimioterapia. Los estragos de la batalla eran palpables en su físico, pero su sonrisa nunca dejó de estar presente. Cuando pareció haber vencido, el cáncer reapareció. Quini no se dio por vencido. Siguió luchando, y como lo hizo cuando estaba en la cancha, no descansó hasta elevarse más alto que todos los demás para anotar el gol que le dio el triunfo definitivo.

Después, Quini fue testigo de cómo el Sporting cayó en una crisis que dejó al club en la bancarrota. Vio como resurgieron de nuevo hasta volver a la primera división. Como delegado, Quini recibía las ovaciones de todos los estados de España. Nunca se sintió del todo cómodo con estas demostraciones, aunque disimulaba mejor lo que podía la inquietud que su timidez le provocaba.

Probablemente Quini sea el jugador más querido del fútbol español. Fue un embajador de la paz, de la caballerosidad, de la humildad y de la generosidad. “Nunca cometí la torpeza de considerarme un número uno”, declaró en una ocasión. Y, sin embargo, fue el número uno en cuanto a carácter. Un hombre que soportó los golpes de la vida con una sonrisa y al que sólo un infarto pudo ganarle el partido final.

Quini, un gran futbolista, pero un mejor hombre y que nos deja como legado goles, grandes jugadas y, principalmente, lecciones de vida. Cómo él dijo: “La vida hay que tomarla casi en broma, si la tomas en serio yo creo que te mueres en unos días”.

Descanse en paz, Quini.

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Silverlune24

Silverlune24

Historiadora de profesión. Geek, nerd, friki, noña, etc., por convicción. Apasionada de los deportes, historia, cine, cultura, anime, manga, videojuegos y caricaturas. Old school all the way.

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