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Chivas Campeón: Grítalo, Chiva hermano.

Cuando se arrancó el proyecto de Pandemonium, el futbol mexicano no estaba en los planes, dado que quería evitar en lo posible opiniones ofensivas y trolleos. Por desgracia, es complicado establecer un debate sano y enriquecedor cuando de futbol se trata porque los colores nos ciegan y es más fácil recurrir al insulto que al argumento. Sin embargo, su servidora es una apasionada de, las Chivas, los colores rojo y blanco, y esa pasión me hace romper mis propias reglas.

Entender las razones del por qué uno se enamora de unos colores, hasta el punto de la irracionalidad, es complejo de explicar. Es un tribalismo muy particular y que ha dado pie a estudios para tratar de entender dicho fenómeno. Es algo que trasciende toda lógica y razón. Simplemente es algo que sale desde lo más profundo del ser y termina por arrobar de pasión a los que sienten unos colores como propios. Y en el caso de Chivas, es algo que ocurre en decenas de millones de personas.

Chivas es un equipo sui generis. Fundado por franceses, juega sólo con mexicanos por convicción y como sello de identidad. En los años ’50 y ’60, Chivas construyó la grandeza de la que presumimos las generaciones actuales. El Campeonísimo del que disfrutaron nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros tíos…

in embargo, a nosotros nos han tocado tiempos complicados para ser aficionados de Chivas.  Un campeonato en los 80s. Otro campeonato en los 90s, con las Súper Chivas. Los albores del siglo XXI fueron horas bajas del equipo. Llegó Vergara con promesas de regresar al equipo a su grandeza, pero la palabrería se impuso a los hechos. Un solo título, decisiones incomprensibles, reacciones viscerales y falta clara de un proyecto pensado, sólido y sostenido.

Cambios drásticos de técnicos, falta de inversión, mal manejo de las fuerzas básicas, personas que no tenían ni idea en puestos que no les correspondían, un dueño que no sabía cuándo callar y un proyecto que vio al descenso a la cara.

Por lo anterior, ser aficionado de este equipo fue muy duro los últimos 5 años. Burlas, derrotas, ver al rival tener éxito tras éxito, superando el número de campeonatos de Chivas, sin calificar a liguillas, incapaz de trascender, navegando en una mediocridad que no correspondía al cariño de una afición de millones de fieles seguidores. Afición maltratada, pisoteada por su propia directiva, ignorada y despreciada. El estadio apenas contaba con unos pocos miles, el distanciamiento se iba haciendo cada vez más grande.

Pero, entonces, en 2015, llegó Matías Almeyda. Con dudas, con recelo, con desconfianza. Pocos confiaban en el argentino. Su palmarés como jugador era más que conocido, pero como técnico rayaba en la modestia. Regresar a River y a Belgrano a la primera división argentina. Con la afición tan recelosa y arisca, no había mucha expectativa con su llegada. ¿Cómo haberla tras casi una década de resultados indignos de esta institución?

Pero Almeyda, con trabajo, con humildad, con esfuerzo, con entrega y con dedicación, le dio a este equipo algo que le faltaba: corazón. Creyó en los jugadores, convenció al dueño y al resto de la directiva de enfocarse a lo que hacían mejor para que él se encargara de lo deportivo. Y los resultados fueron llegando.

Un campeonato de Copa. Sabía a poco, pero era un título, algo que Chivas no saboreaba desde hacía casi una década. Aunque también llegaron los desencantos. Dos eliminaciones seguidas en manos del odiado rival en liguilla. Su buen trabajo dejaba un regusto amargo por la falta de ese pasito para poder recupera la gloria liguera. No obstante, y a pesar de ello, el “Pelado” se había metido al grueso de la nación chiva al bolsillo. El equipo tenía una identidad, un estilo, pero, sobre todo, garra, corazón y amor por los colores y la camiseta.

Llegó el 2017. Los dueños del balón decidieron que era buena idea permitir más y más extranjeros en los equipos. Chivas se convertía aún más en el estandarte del jugador mexicano. El faro tricolor en un mar de banderas extranjeras.

No fue un torneo sencillo. Hubo momentos de brillantez y otros de desconcierto. Se fue avanzando en la Copa Mx y en la Liga se marchaba con paso firme. Se ganaron los dos clásicos. El gol era un pendiente porque la contundencia no era una fortaleza. Se vio en la final de Copa, en la que se tuvo que recurrir a la tanda de penales para poder alzar el título. Una vez asegurado el lugar en la liguilla, los aficionados esperábamos que por fin se trascendiera.

El gol siguió siendo la deuda pendiente. Se sufrió con Atlas pero con uno bastó para avanzar. Con Toluca no fue sencillo, pero dos fueron suficiente para acceder a la tan ansiada final. La estrella que tanto anhelábamos comenzaba a verse en el cielo rojiblanco. Daba miedo soñar con ella. Tantos desencantos y decepciones intimidaban a los Chiva hermanos, pero el pastor Matías nos infundía fe y coraje. Se valía creer, se valía confiar, se valía soñar.

Pero para poderlo lograr, había que cazar al Tigre. Los norteños partían como amplísimos favoritos. Una aplanadora cargada de talento, con un viejo lobo de mar como lo es el Tuca y una afición crecida por los éxitos recientes. No iba a ser fácil. Chivas lo sabía, sin embargo, es Chivas y el corazón rojiblanco es tan grande como su escudo y su historia centenaria.

Cuando nadie lo esperaba, Chivas tomó ventaja. Juego inteligente y ordenado. De visita, calló al Universitario cuando todos esperaban que al Rebaño le cayera un saco de goles. Pero el francés apareció y puso el drama para que el partido de vuelta en la Fortaleza rojiblanca tuviera todos los ingredientes necesarios para que la ávida nación chiva pudiera gozar de su equipo.

Y así fue. El gol llegó cuando más era necesario. Dos goles que encarrilaban el título. Aunque este equipo no sabe ganar sin sufrir. Y los últimos minutos fueron de agonía para los rojiblancos. Los fantasmas de la ida acechaban. La respiración contenida, el pulso acelerado, la transpiración al máximo. Y entonces, el pitazo final. Chivas lo había logrado. Chivas era otra vez campeón del futbol mexicano. Chivas lograba su doceava estrella. Chivas era otra vez Chivas.

 

Risas y lágrimas. Emociones desbordadas. Gritos de júbilo. Tras 11 años de miseria, Chivas tocaba el cielo. Tras más de una década de mediocridad, se gozaban las más dulces mieles del triunfo. Tras más de dos lustros de derrotas, Chivas ponía otra estrella en el firmamento rojiblanco.

Y todo gracias a un pastor que lo único que ha hecho es entregarse y trabajar. Todo gracias a un grupo de jugadores que entendieron lo que significa esta playera y el peso de los colores. Todo gracias a un dueño que por fin supo callar y esperar. Y, lo más importante, todo gracias a una afición que nunca los dejó solos y que supo capotear el temporal de la mano de su querido rebaño.

Así que, Chiva hermano, grítalo: Somos campeones.

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Silverlune24

Silverlune24

Historiadora de profesión. Geek, nerd, friki, noña, etc., por convicción. Apasionada de los deportes, historia, cine, cultura, anime, manga, videojuegos y caricaturas. Old school all the way.

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