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Final Mundial de 1954: El Milagro de Berna

A sólo 6 minutos para terminar el partido, y con el marcador empatado 2 a 2, Schäfer le robó el balón a Bozsik y envió un centro al área de penal. El balón fue despejado por la defensa, pero el rebote le cayó a Helmut Rahn, quien, tras fintar un pase para Ottmar Walter que descolocó a la defensa húngara, se internó en el área magiar y sacó un disparo raso, inatajable para Groscis, para el tercer gol alemán. El gol de la derrota húngara. El gol del milagro.

Mudial de Suiza 1954: Los Magníficos Magiares

Tras la inesperada derrota de Uruguay por 3 a 1 ante una sorprendente Austria, que estaba lejos de aquel Wunderteam, la mesa estaba puesta para una final que parecía tener decidido al campeón. La sorpresa previa a la gran sorpresa. Si bien el optimismo no fue desbordado como lo había sido 4 años antes en Brasil, parecía claro que Hungría no tendría rival. El 8-3 que le endosó a los alemanes en fase de grupos era un antecedente muy fresco en las memorias de todos. Hungría iba a ganar la final. No había duda.

La presencia de Alemania Occidental en la final podía considerarse una sorpresa tomando en cuenta los antecedentes. En el periodo entreguerras, el futbol alemán estaba en claro crecimiento. En el Mundial de 1934, los teutones terminaron en tercer lugar. Tres años más tarde, de la mano de Sepp Herberger, aplastaron 8 a 0 a Dinamarca y tuvieron una racha de 11 partidos invictos. Si bien el mundial de 1938 no fue el mejor para los germanos, el avance fue notorio.

Mundial de Italia 1934: La Italia de “Il Duce”

Pero llegó la Segunda Guerra Mundial. El fútbol se convirtió en propaganda y la liga y todo el esquema el futbol eran, para el régimen Nazi, como una prueba de moral. En esos años de conflicto armado, Herberger hizo lo posible para evitar que sus jugadores estuvieran en peligro. Falsificaba documentos para evitar que sus pupilos fueran al frente. Sin embargo, sus esfuerzos no siempre tuvieron éxito. La estrella del Schalke, Adolf Urban, fue enviado a Stalingrado y nunca regresó a casa.

Sepp Herberger

Joseph Goebbels ordenó el fin de los partidos internacionales, en 1943, para dar paso a su “guerra total” y, un año más tarde, paró el fútbol de clubes también. Una vez que se consumó la derrota alemana, sus equipos fueron expulsados de todo torneo. La disponibilidad de los jugadores dependía de la zona del país en que se encontraran, ya que el territorio alemán se dividió entre las potencias ganadoras.

Gradualmente, los clubes comenzaron a reformarse o se formaron de nuevo, y hacían viajes a cambio de gasolina o comida. La liga comenzó a renacer y fue reformada oficialmente en 1949. Para 1950, y con el auspicio de Herberger –quien sobrevivió el proceso de limpia nazi a pesar de haber sido miembro del partido desde 1933–, empezó a reformar la escuadra nacional de Alemania Occidental. Y, a finales de ese mismo año, se levantó el veto y volvieron a formar parte de la FIFA.

Mundial de Francia 1938: Entre salvar goles y vidas

Todos estos antecedentes hicieron que esta final fuera el partido más importante para una selección conformada por jugadores que habían sufrido y que buscaban recuperar el orgullo y la moral. Aunque probablemente el partido de sus vidas haya sido sobrevivir a la guerra. Por ejemplo, el capitán, Fritz Walter, estaba en una base área que cayó en manos del ejército estadounidense. Cuando los entregaron al ejército ruso, fueron enviados a Siberia. En el camino, el convoy en el que viajaba Fritz se detuvo en un centro de detención ucraniano. La policía local jugaba un partido de fútbol. Walter estaba cerca de donde se desarrollaba el partido cuando una pelota cayó a sus pies. La devolvió con clase y lo invitaron a jugar. Uno de los guardias lo reconoció por un partido amistoso que habían jugado en 1942. Esto hizo que el nombre de Fritz Walter fuera borrado de la lista y se le permitió volver a casa.

Fritz Walter

Nueve años después estaba en Berna, ante un equipo que se creía invencible, en una final de Copa del Mundo, en un Wankdorf Stadion repleto y en medio de la lluvia. Las condiciones no eran las ideales para el fútbol, con el campo mojado y el clima húmedo. Los alemanes, aun así, estaban listos. Usaban unos tacos revolucionarios para su tiempo, con tachones removibles, que se podían cambiar dependiendo de las condiciones. Los húngaros, por su parte, tenían la duda acerca de incluir a Puskas, quien no estaba al 100% recuperado de la lesión que sufrió en la fase de grupos, pero nada lo haría perderse el partido definitivo.

Los tacos de Fritz Walter

Fue el propio Puskas, “el Mayor Galopante”, quien haría el primer gol para su equipo, apenas al minuto 6, aprovechando un rebote a un disparo de Kocsis. Dos minutos después, Czibor hizo el segundo para los “Magníficos Magiares”, tras robar un mal pase de del lateral izquierdo, Kohlmeyer, al potero Turek. Apenas 8 minutos y Hungría parecía que se encaminaba a repetir la goleada que le endosaron a los alemanes en la fase de grupos. Sin embargo, el partido tomaría otro rumbo.

Gol de Czibor

Al minuto 10, y bajo la dirección de Fritz Walter en el medio campo, Morlock redujo la desventaja, cuando aprovechó un gran pase de Schäfer que cortó en dos a la defensa húngara. Un error de Grosics, el portero húngaro, a los 18 minutos, permitió que Rahn empatara tras un cobro de tiro de esquina.

Tras el empate, era claro que el partido no tenía el resultado previsible que se había pensado al inicio. La superioridad húngara ya no era tan palpable. El resto del primer tiempo hubo un dominio alterno, ligeramente cargado hacia el lado alemán que, gracias a su velocidad, su disciplina y su orden táctico, lograba detener las intentonas de los magiares. Por su parte, los húngaros tenían más problemas para detener los embates alemanes. Llegó el medio tiempo y el empate persistió.

Al reanudarse el partido para la segunda mitad, los alemanes retomaron el ritmo del primer tiempo, aunque Hungría estuvo cerca de recuperar la ventaja: Hidegkuti disparó al poste, Kocsis al travesaño, Kohlmeyer salvó un balón en la raya de gol y Turek se lució bajo palos. Sin embargo, los alemanes seguían jugando mejor en conjunto, y los húngaros fueron perdiendo fuelle ante el ritmo impuesto por los alemanes.

Cuando faltaban quince minutos, los alemanes tenían el control. Sus internadas cada vez eran más peligrosas y los húngaros sufrían para repeler los ataques. La máquina perfecta para jugar fútbol no lo era en este partido. Los jugadores estrellas no estaban atinados y la lesión de Puskas le pasaba factura al capitán magiar. Esto, aunado a una marca pegajosa de la defensa alemana a las estrellas húngaras y a que los mediocampistas magiares pasaron más tiempo en tareas defensivas.

Pero el gol no llegaba. Y parecía que el tiempo extra era inevitable. Ahí, apareció Rahn: ese jugador que fue convocado ya arrancado el torneo. Su gol a seis minutos del final, que recibió tremenda ovación por la calidad de la jugada y el remate, era el gol de la sorpresa y de la remontada. El gol que mató los pronósticos.

Los húngaros, con pundonor y entrega, se lanzaron con el resto en busca del empate. Todos eran delanteros. A dos minutos del final, un gol de Puskas fue mal anulado por un inexistente fuera de juego (sí, la polémica arbitral desde entonces). Los húngaros protestaron aún después del pitazo final.

Pitazo que significó la consumación de una derrota inesperada, sorpresiva. La segunda así de imprevista en dos mundiales consecutivos. Hungría perdía así su racha invicta de 31 juegos. Terminaron los cuatro años sin conocer la derrota.

Alemania Occidental se proclamó campeona y fue la primera sin tener un ranking en hacerlo. Sepp Herberger recibió muchas alabanzas por la inteligencia con la que dirigió a sus pupilos y la brillante táctica que planeó en el partido final. Sobre todo, la manera tan pulcra e intensa con la que sus jugadores se desempeñaron.

Claro, cuando hay resultados tan sorpresivos, surgen rumores que busquen desmitificar o quitarle el romanticismo a los ecos de la victoria. Había rumores de dopaje en Alemania Oriental, hubo quienes clamaron que los jugadores de Alemania Occidental consumieron metanfetaminas antes de la segunda mitad del partido. Así explican el porqué mantuvieron el ritmo frenético en condiciones climatológicas adversas.

Fritz Walter con la Copa de Campeón. A su lado, Herberger.

Lo que queda claro es que este partido marcó la historia de ambas escuadras. Si bien los húngaros siguieron dominando un par de años más después del Mundial del ’54 (19 partidos invictos con tan sólo 3 empates), Sebes fue despedido, y con él se fueron las estructuras y el orden, lo que se aunó a la revolución húngara que forzó a sus jugadores a dejar su país para buscar fortuna en otras ligas. Kocsis y Czibor se fueron al Barcelona y Puskas, al Real Madrid. El fútbol húngaro no ha recuperado, desde entonces, esa brillantez ni ese protagonismo. Es como si el fútbol de los magiares se hubiera quedado congelado en el tiempo, estancado e incapaz de moverse.

Gusztáv Sebes

Por su parte, para los alemanes, que aún sufrían los efectos de la derrota Segunda Guerra Mundial, esta inesperada victoria significó un envión anímico significativo. Algo impensado en una nación que estaba en plena reconstrucción. Así como, cuatro años antes, el Maracanazo fue una fuerza que inspiró el futuro futbolístico de Brasil, la importancia del triunfo de Alemania Occidental en 1954 no sólo afectó al fútbol alemán, sino tuvo efecto duradero en toda la nación. Fue una victoria que resultó ser el punto de partida en la historia del balompié de Alemania.

Esto podemos apreciarlo en el magnífico filme inspirado en esta gesta y que lleva el mismo título: “El Milagro de Berna.”

 

 

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Silverlune24

Silverlune24

Historiadora de profesión. Geek, nerd, friki, noña, etc., por convicción. Apasionada de los deportes, historia, cine, cultura, anime, manga, videojuegos y caricaturas. Old school all the way.

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