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Leovigildo. El Rey Unificador

Leovi… ¿quién? Sí, Leovigildo tal vez no sea de los personajes más populares de la historia universal, pero este hombre, visigodo, el rey de Septimania, Hispania y Galicia de 574 a 586, tomó control de una tierra fracturada y logró unificarla. Estableció centros urbanos, ciudades cuando no era el común denominador de la época (Recópolis, Victoriaco y Oligicum). Fue un conquistador, pero, sobre todo, un visionario.

Leovigildo

Pero vayamos por partes. Tras el saqueo a Roma por parte de los visigodos, por ahí del 410 d.C., las cosas no lucían nada bien para el Imperio Romano. Estaban perdiendo el control de los territorios occidentales y los suevos, vándalos y los alanos -que huyeron de los hunos a Occidente- habían comenzado a moverse por los Pirineos hacia la península ibérica. Y si bien sabemos que los romanos catalogaban a los visigodos como bárbaros (como a todo aquel que no fuera romano), eso no evitó que Roma hiciera tratos con ellos, por lo que contrataron, alrededor del año 416, a los visigodos para que fueran a Hispania y los ayudaran a poner orden en la zona.

Claro, los romanos no lograron mantener el control de los visigodos, ya que estos, a su vez tenían sus propios intereses, y estos eran establecer su propio reino en tierras que consideraran suyas. El “patrocinio” romano sólo sirvió para que pudieran adentrarse más en la península.

Los visigodos habían tenido problemas con sus vecinos norteños: los francos. Tras una serie de atroces derrotas a manos del rey franco, Clodoveo I, y la muerte de su rey, Alarico, se desplazaron hacia el sur y llegarían hacia lo que hoy es España. Aunque no fue una tarea fácil porque ya había grupos establecidos a lo largo de la península. Pero si algo era el fuerte de los visigodos era pelear, así que a base de hierro se empezaron a hacer un lugar para ellos.

Aunque, a pesar de estar ya establecidos, las batallas no se detenían. Entre los vestigios del imperio Hispano – Romano, las luchas no cesaban contra los vascones (actuales vascos) y los suevos. Así que nada de tiempos pacíficos.

La particularidad de los visigodos era que su monarquía era electiva, es decir, la gente elegía a su rey para, esencialmente, ser su líder en la guerra. Aunque, en teoría, también lo elegían para representar sus intereses y principios. Pero, como ya sabemos todos, al final resulta en conflictos de intereses, corrupción, o simplemente el descontento de la población con el gobernante. Y la manera de resolver los problemas con el rey no era otra que cortarles la cabeza, así que ser rey era un puesto de alto riesgo.

Entre 507 y 711, hubo un total de 26 reyes visigodos. Es decir, un rey cada 10 años, aproximadamente. Un alto número considerando que hablamos de un periodo de 200 años. De estos reyes, 5 fueron asesinados, dos murieron en “circunstancias misteriosas”, uno fue depuesto. El resto tuvo que enfrentar constantes rebeliones. Así que, ¿cómo era posible que los visigodos pudieran apaciguar sus problemas en la frontera cuando no podían poner orden en casa?

No, la cabeza no.

Y es en este panorama que aparece Leovigildo. Lo primero que hizo al ascender al trono (sucediendo a su hermano Liuva) fue restaurar la frágil autoridad real en el reino fracturado. Subió a su caballo y viajo por todo su reino con este fin. Después, puso las miras en la expansión, con su ejército marchando a sus espaldas. Parte del enclave bizantino en el sureste fue recuperado, una rebelión en Córdoba fue reintegrada y los suevos en el noreste fueron conquistados. Incluso terminó con la rebelión de su hijo, Hermenegildo, en Bética.

Para cuando murió en 586, Leovigildo había conquistado casi todo lo que había en la península, menos algunos puestos de avanzada bizantinos y los siempre atrincherados vascos en los Pirineos.

Todas estas conquistas permitieron que Leovigildo tomara caminos legales para lograr la unidad en un reino con una división religiosa, política y de principios. Hasta entonces, los visigodos nunca se habían considerado realmente independientes de Roma, más bien, sus aliados (a pesar del detalle saqueo). Aún utilizaban símbolos y moneda romanos. Leovigildo era consciente de la necesidad de crear una identidad nacional propia con el estilo de vestir, coronas, monedas, tronos. Incluso, como ya se hizo mención, sus ciudades, construidas desde los cimientos. Todo lo anterior lo hizo con inspiración romana y bizantina de quién más si no.

Monedas visigodas

Sin embargo, el legado real y duradero de Leovigildo no fue otro sino el Codex Revisus, que era un código unificador, que revocaba leyes en contra del matrimonio mixto con hispanorromanos, la fe arriana sería la única fe y las leyes serían mucho más estructuradas y fusionó códigos anteriores, como el de Eurico, su antecesor.

Del código sólo nos queda su referencia, ya que no quedan evidencias físicas del mismo. Sin embargo, es notoria su influencia en el Liber Ludiciorum, un código establecido 80 años después, y que sentaría las bases para los códigos de leyes cristianas españolas de la Edad Media.

Liber Ludiciorum

Leovigildo, en una época en la que la unidad parecía una quimera, él la alcanzó. Cuando la estabilidad era una tarea casi imposible, él la logró. Aunque sus esfuerzos parezcan insuficientes, ya que los 130 años de su muerte se derrumbaría el imperio visigodo a manos de los musulmanes.

Su legado, palpable en las ruinas de Recópolis, y su ideología unitaria, siguen vigentes hasta nuestros días.

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Historiadora de profesión. Geek, nerd, friki, noña, etc., por convicción. Apasionada de los deportes, historia, cine, cultura, anime, manga, videojuegos y caricaturas. Old school all the way.

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